El ajuste llegó al límite y complica el equilibrio fiscal

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El superávit que Milei y Caputo presentan como “innegociable” enfrenta límites concretos y tensiones sociales en la segunda mitad del año.

El equilibrio de las cuentas públicas se convirtió en el principal estandarte del programa económico de Javier Milei y Luis Caputo. El Gobierno insiste en que el superávit fiscal es la condición indispensable para bajar la inflación y recuperar confianza. Sin embargo, la segunda mitad de 2026 expone los límites de esa estrategia, con ingresos que caen, leyes que presionan sobre el presupuesto y un ajuste que ya exprimió las partidas más sensibles y amenaza con volverse insostenible.

La narrativa oficial se sostiene sobre la idea de que “el ancla fiscal no se negocia”, pero detrás de esa consigna aparecen señales de desgaste. La recaudación real cayó durante los últimos meses, afectada por la contracción del consumo, la baja de exportaciones y la reducción de impuestos aplicada en 2025. El retroceso de los ingresos debilita la base sobre la que se construyó el equilibrio, mientras el Ejecutivo recurre a privatizaciones y recursos extraordinarios que no ofrecen continuidad y dejan al equilibrio fiscal sin sostén duradero.

La caída de la recaudación se combina además con el impacto de leyes aprobadas por el Congreso que todavía no fueron implementadas plenamente. Financiamiento universitario, emergencia pediátrica, discapacidad y modernización laboral son iniciativas que la Casa Rosada intenta frenar en tribunales, pero cuya aplicación terminaría demandando partidas adicionales. La judicialización de las leyes refleja la tensión entre el discurso del orden fiscal y las demandas sociales que empiezan a multiplicarse.

El otro frente crítico es la imposibilidad de seguir recortando sin golpear de lleno áreas vitales. Desde 2024 el gasto público se desplomó más de cinco puntos del producto y arrastró a mínimos históricos las transferencias a provincias, los salarios estatales y la inversión en infraestructura. Los ingresos del sector público perdieron poder adquisitivo y el deterioro en universidades, hospitales y servicios básicos ya se trasladó al clima social, donde la conflictividad crece.

El margen para nuevos recortes es cada vez más estrecho. El Gobierno insiste en sostener el ajuste, pero las consecuencias ya se sienten en distintas áreas del Estado. La contención del gasto se parece cada vez más a una postergación de pagos que a una reducción sostenible. La deuda flotante crece, los intereses se acumulan y la solidez fiscal empieza a mostrar fragilidades. En paralelo, el Ejecutivo apuesta a privatizaciones, como las represas del Comahue, para reforzar ingresos. Sin embargo, esos recursos son transitorios y no resuelven el problema estructural de una recaudación que no logra recuperarse.

El Gobierno se aferra a la bandera del orden fiscal como símbolo de éxito, pero la realidad muestra que el ajuste no es infinito. La segunda mitad del año pondrá a prueba si la disciplina que Milei y Caputo defienden como virtud puede sobrevivir a la caída de ingresos, a las demandas sociales y a un país que vive en carne propia el costo del plan económico libertario.