Murió a los 82 años uno de los editores más influyentes y polémicos de la prensa argentina. Brillante, mordaz y obsesivo, moldeó el estilo de las grandes revistas y dejó una escuela que todavía perdura
Fue un periodista tremendo, inagotable, implacable y talentoso. Con una capacidad certera como el rayo para descubrir un buen texto, la posibilidad de una buena nota, o para detectar a un profesional en ciernes, o al tipo al que se le había apagado o atenuado la llamita única de este oficio fantástico.
Le tocó vivir una época sombría del país, si es que hubo alguna que no lo fuese para el periodismo en el último medio siglo: la estupidez solemne de la dictadura de Onganía, el laberinto político del gobierno de Lanusse, la violencia guerrillera y de la Triple A del peronismo de los 70, la feroz dictadura militar del 76, la guerra de Malvinas y la posterior decadencia de las publicaciones de la época. En una Argentina que fue líder de América en materia de revistas, Chiche fue uno de los tipos que mejor supo hacerlas, porque las proyectaba como una extensión de sí mismo.
Su gran éxito fue “Gente”, por la que recibió y recibirá los palazos más grandes destinados a profesional alguno, en el ya aquilatado deporte nacional de destruir a la prensa. La Editorial Atlántida, editora entonces de la revista, apostó en parte a aquel peronismo setentista que iba a cambiarlo todo y, de inmediato, a la dictadura que siguió. En aquellos años terribles, cuando la matanza en principio era casi desconocida o inimaginable, “Gente” fue un emblema de la frivolidad, la fruslería y el oropel, pero no de la tontería: en sus páginas todavía se pueden leer textos extraordinarios de una prensa brillante, de grandes firmas, de estructuras innovadoras y de audacias que burlaban incluso las espadas de los centuriones: aquella revista que dirigía Samuel Gelblung llegó a vender entonces más de medio millón de ejemplares semanales, lo que era un récord que el tiempo y sus mudanzas tornaron imbatible.
De no haber sido así, de no haber tenido que dirigir periodismo en aquellos años oscuros y en una empresa que invirtió todo su capital intelectual, y el otro, en el amparo siempre vacilante del poder militar, Chiche podría haber medido sus calidades con las de Tom Wolfe, Gay Talese o James Reston.
De hecho, implementó en el país los designios del “nuevo periodismo” americano, que si bien terminó muy mal en Estados Unidos, tuvo aquí un transcurrir renovador y brillante.
